
Hace tiempo atrás apareció en el
Lun una portada que parecía un titular premonitorio, “Crece ola de odio por pokemones”
(link). Premonitorio porque a pesar de alarmista hay algo de verdad en el títular o más bien de honestidad. La noticia acerca de un seudo neonazi que le pega a un chico pokemón o que en la web circula la campaña Pitéate un Pokemon, como un virus acosador, demuestra que no son los mejores días para poncear y los afectados se quejan de ser el target del odio callejero.
Lo más lógico es preguntarse si ¿realmente la sociedad o parte de ella odia esta "tribu urbana"?. Al parecer si. Es cosa de mirar el ciber mundo para darse cuenta de quienes los odian. Primero, los que no entienden qué cresta son (googleen ¿Qué es un pokemon? y se sorprenderá por la cantidad de gente que se lo pregunta). Segundo, los que están aburridos de verlos hasta en la sopa. (La televisión, Internet, la radio y la prensa escrita.). Y por último, los moralistas que opinan que esta moda es una degradación absoluta de la juventud (al viejo estilo del cura Hasbun).
Porque claro antes era más fácil tolerar lo que no veíamos. Nuestros ojos estaban vendados. No había estas redes de interconexión virtual para saber de todos sus movimientos y nuevas costumbres. El Internet cambió los niveles de tolerancia o quizás dejó en evidencia el bajo límite que tenemos para aceptar lo diferente, lo nuevo, lo raro. Reveló que es una cuestión directamente proporcional: más exposición, más odio. Y hasta la fecha hay demasiadas ventanas para la exhibición.
Los videos en la web muestran lo que queramos, desde un Wena N, Bullying en colegios, hasta a los de Primer Plano apelando a la chuchá limpia. Los blog y fotolog son la herramienta para desahogarse y esparcir la campaña “Piteate un pokemon” en tan sólo tres semanas. La misma vitrina que los vio crecer ahora se los come. Mientras tanto los diarios se encargan de informarles a los adultos que no cachan ni una de internet. La televisión nacional los deja como estúpidos y una masa imberbe que aplaude a la vuelta de los comerciales. Los pokemones al parecer morirán bajo sus propias armas, la hiperconectividad, la inmediatez y la tendencia.
La excusa favorita anti-pokemona es que por lo menos antes había argumentación en la moda. Los punk planteaban un discurso que a pesar de ser contradictorio entre el mundo ideal y el práctico, era un discurso ideológico producto de un postura política. Sus vestimentas funcionaban en esa lógica. Las letras de sus canciones tenían ese sentido. Lo mismo pasó con los hippies en los sesenta y los chicos grunge a principio de los noventa. Su característica común se mantenía, todos gozaban de onda y fundamento.
Pero ahora la cosa cambia. Ni eso parece quedarles a los pokemones. Hace tiempo atrás en un acertado monólogo de Juan Pablo Flores de la SCA afirmaba que los raros peinados ochenteros, ya no serán más la moda más fea que pisó la tierra. ¿Por qué? porque ahora el trofeo se lo ganaron los pokemones con sus pintas y peinados. Punto para el Club de la Comedia. Flores se preguntaba en el show. ¿Qué le dirán a sus hijos cuando les muestren fotos de cuando eran pendejos con el pelo para el lado y parado, con los pantalones abajo?.
Ya lo enseñó la omnipresente cultura Mekano-y que probablemente fue su legado para las generaciones futuras- cuando nos mostraron a jóvenes top sin nada que decir o hacer, más que bailar y mostrar sus esculturales cuerpos. Cero discurso, solo imagen. Ahora eso se replica. En una versión más bizarra, mas pequeña y menos perfecta. Donde ser camboyano ahora es lo mismo que ser poncio, pero al decirlo así, suena mejor, más choro, más entretenido.
A principios del 2007 leimos a sensibles periodistas aventurarse en el tema sin saber la bestia que despertarían. Así apareció en la Nación Domingo y Revista Paula, diferentes reportajes sobre esta extraña tendencia juvenil. Comenzaba esta fiebre y la competencia para ver quien entendía mejor este fenómeno. Quién era él que estaba más al día. Los conductores de matinales, periodistas cincuenteros y papas profesionales de corbata empezaban a meterse a Internet para googlear la palabra “pokemon”. El tiempo pasó y el Diario de Eva se tomó la televisión abierta. Les puso un diván a estos chicos, les montó su propio circo. Canal Copano hizo lo suyo saltando por la televisión alternativa y hablándoles directamente. El Lun se aprovechó para generar noticias y el reggueton se instaló como su música oficial. Y el odio creció. Porque Chile es así. Un odio acumulado que explota de vez en cuando.
Odio que no tardó en llegar. ¿Y cómo no iba a pasar? si los medios, y no me refiero tan solo a la televisión, los agarró y no los soltó, porque significaban visitas, atención, novedad, juventud por lo tanto ventas, comercio y plata. Las consecuencias pueden ser desastrosas. Una generación marcada por los efectos mediáticos del odio de un país cada vez más intolerante gracias a lo que nos enseñó la web 2.0 estos años. Que la información llega rápido. Que un movimiento social está a un clic de distancia, pero que también puede pasar al olvido igual de fácil. Que el ciber espacio puede matar de verdad y mediáticamente. Porque el cable mágico que llega a nuestras casas es más poderoso que cualquier bomba o rifle. Porqué el cable mágico está vez inauguró lo queramos o no, la temporada de caza.
Texto de regalo:
El hombre museoPor Sebastian Labra
Por Sebastian Labra
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