Yo vivo en los cerros de Viña, el patio trasero de la ciudad jardín. Todos los días, cuando vuelvo a casa en micro, soy el último en bajarme: se podría decir que soy un “chico garita”. En mi vecindario siempre pasan cosas, la otra vez murió un escolar. El pendejo iba en una de estas escuelas numeradas, Javier parece que se llamaba. Lamentablemente, se vio envuelto en una mocha contra unos flaites y el resultado fue un muerto más para las estadísticas de Chile.
Durante el almuerzo mi madre siempre ve tele, fue así como se enteró de aquella noticia del estudiante asesinado en Reñaca. Ella, sensible y solidaria al saber del triste suceso del niño del Mackay, alzó su voz para maldecir a los pelafustanes que cometieron tal atrocidad, para después seguir conversando acerca de lo que habría de cocinar mañana. A su vez, casi como cómplices, los medios llevaron la batuta noticiosa: en el Mercurio (de Valpo) fue portada, en el Termómetro de Chilevisión fue tema de discusión y en los noticieros todos los canales los familiares de la víctima clamaban justicia. Incluso se manejaban hipótesis como que, si lo hubiesen atendido rápidamente, no habría terminado muerto. Todo Viña, o al menos la parte de ella que tiene plata, sufrió.
Mi amigo el Jano me dice siempre que no me caliente la cabeza con ese tipo de cosas. Él es computín y, hasta ahora, creo que su disco duro no procesa bien. Mis viejos no son empresarios ni tienen grandes contactos, pero aun así me mantienen en la universidad (gracias a Dios). Tampoco soy un genio, tengo notas regulares y bajo perfil, estoy en segundo año de periodismo y, cuando era pingüino, ese tipo de peleas eran fortuitas y lejanas, más considerando mi genio pasivo.
Durante estas últimas semanas el tópico de pendejo asesinado en pelea callejera “la lleva” en el ranking de noticias. La Silvia, una compañera, tiene corazón de abuelita y siempre que ve estas historias se imagina que pudo ser su hermano el involucrado, si hasta en su cara se nota la angustia. Por otro lado, mi compadre Gabriel me repite todo el día en la U que quiere matar a estos flaites, que son una raza que debería erradicarse de la faz de la tierra. Aunque comprendo su enojo, me parecen graciosas sus puteadas contra todo el mundo, siempre dependiendo del acontecer nacional.
Ayer, cuando venía en la micro, se subieron unos flaites en los asientos traseros. Uno le decía al otro “mi vieja no quiere que salga mah, igual se preocupa poh, yo le dije que ni ahí”. Él otro le contestó “terrible chaaaarcha poh loco¡”, “ si igual si un loco es choro hay que ponerse paraoh”. Y así se fueron parloteando durante el camino. En ese instante, sólo me preguntaba que hubiera pasado si el flaite de Reñaca hubiese sido el que murió, pero no alcance a dilucidar ese destino paralelo: ya estaba cerca de mi “garita”.
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